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Vivir con droga

Resulta imposible calcular el número exacto de adictos en el mundo puesto que no existen criterios totalmente claros y universalmente válidos para determinarlo. Lo cierto es que toda persona que al hacer uso del alcohol o las drogas acarrea problemas a su vida está enfermo en mayor o menor medida de esto que la literatura especializada refiere como una enfermedad incurable, progresiva y mortal.

Si bien es indudable el origen fisiológico y psicológico de las adicciones, es también cierto que mucho tienen que ver en su actual expansión ciertos elementos del presente histórico. Me refiero, desde luego, al vacío idealista de los jóvenes, al estancamiento ideológico de nuestras sociedades (la globalización y el neoliberalismo económico no han podido dar viabilidad a todas las formas de vida y organización existentes), al consumismo y la mediatización de la cultura, pero, principalmente, a la falta de oportunidades educativas y laborales, de desarrollo personal, conjuntamente con la creciente necesidad humana de sentir emociones más fuertes en un mundo donde las catástrofes naturales y sociales ya no logran conmovernos como sería de esperar.

La drogadicción es un padecimiento principal, aunque no exclusivamente, de jóvenes. Son las generaciones nuevas las que sienten el acoso de la falta de opciones. Oprimidas por sus padres, el gobierno y la sociedad, buscan incansablemente la felicidad en un momento donde el amor y la amistad, los grandes sentimientos, han perdido fuerza y significado, se han vuelto otro m‡s de los productos fabricados en serie que se venden y compran a granel.

Es de suponerse que este vacío existencial los lleve a buscar la manera de pasar una vida que se mira eterna de tedio y monotonía, y no parece reservar ninguna oferta interesante para su desarrollo. Las drogas como pasatiempo quedan, pues, como anillo al dedo: los ponen a vivir en automático, a funcionar bajo un patrón irreflexivo de comportamiento que siempre lleva implícitos el dolor y el sufrimiento.

Esto es lo que a mi parecer condiciona o, mejor dicho, conmina a los jóvenes a consumir drogas. Pero el problema en términos prácticos se plantea igualmente complejo e interesante.


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Conseguir cualquier droga es fácil en la Ciudad de México. Los operativos policiacos son sólo medidas para guardar las apariencias y evitar caer en el cinismo. Pero el cinismo se impone toda vez que las llamadas “tiendas” se encuentran repartidas por toda la ciudad, en todas las colonias, trabajando día y noche, el año entero. Nadie que quiera drogas va a quedar sin conseguirlas en la Ciudad de México si tiene el dinero suficiente y sabe a quién preguntar. Para ello, los taxistas, guías de turistas, enganchadores de bares y valet parkings son consulta obligada.

Hay lugares ya míticos en cuanto se refiere al consumo de drogas. En el barrio bravo de Tepito, el 6 de Carranza y la Ciudad Bótica (llamada así por el bote en donde se fuma el crack y, claro, por la serie Batman), son legendarios. Toda clase de personas entra en la sórdida vecindad con dinero que cambia por cocaína, chochos (psicotrópicos) o marihuana, ante la mirada, si no cómplice, al menos indiferente, de los vecinos. 

 
Al interior del pequeño establecimiento en el 6 de Carranza, el espectáculo es desolador. Se trata de un cuarto de no más de dieciséis metros cuadrados, con una barra para despachar a la entrada, sobre la cual reposan una balanza electrónica y un altar a la Santa Muerte. Al lado, hay dos sillones en donde la clientela, de ojos desorbitados, labios amoratados y manos ansiosas, consume “piedras” de crack. Hay quienes llegan a comprar cantidades grandes (de un par de gramos a una onza completa), pero la mayoría apenas junta lo suficiente para comprar un par “puntos” (unos 30 pesos para menos de un cuarto de gramo). Eso sí, lo hacen varias veces al día, con recesos forzados que emplean en “talonear” a quienes llegan a compadecerse de su síndrome de abstinencia. La miseria, la degradación, pero sobre todo la tristeza y la soledad, son la escenografía del 6 de Carranza, a cualquier hora del día, en cualquier estación del año. En ese lugar, la licuadora de mamá, el reloj herencia del abuelo, el anillo de compromiso, la dignidad y la esperanza, se vuelven polvo.

(Un niño de ojos grandes, todavía brillantes (tendría trece o catorce años) se introduce por la puerta hacia el interior de una nube de crack. Es martes a las 2:30 de la tarde y viste su uniforme escolar. No se sabe si va con rumbo a la escuela o vuelve de ella con dirección a casa, para hacer la tarea. En cualquier caso, resulta triste que la cocaína ocupa ya un lugar preponderante entre sus pasatiempos adolescentes).

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No sé si se deba a la mala calidad del material, a la dosis, o al oculto deseo por acabar de una vez, el hecho es que nadie dura mucho tiempo consumiendo drogas sin acarrear consecuencias nefastas a su vida. Esto es fácilmente comprobable en cualquiera de los miles de esfuerzos dedicados a la rehabilitación de personas adictas. Existe un número incalculable de grupos de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos, clínicas profesionales, especializadas, y lamentables, si bien a veces necesarios, “anexos” de varios tipos y corrientes.

Los espacios dedicados a la rehabilitación de adictos se vuelven imprescindibles en un país que no cuenta con políticas de salud pública eficientes en la prevención y el tratamiento de las adicciones. Comúnmente, las campañas educativas en la materia suelen ser moralistas y estar mal planteadas. A menudo se dice que altos funcionarios del gobierno, la policía y el ejército mexicanos están involucrados en la protección de narcotraficantes. México se ha vuelto productor, vía de tránsito y gran consumidor de drogas. El narcotráfico se ha vuelto el negocio ideal, asequible a todos. Cientos de familias mexicanas venden drogas como un medio para ­subsistir que les garantiza mucho más que eso, con un riesgo relativamente bajo. Es increíble pensar que nuestras “cabecitas blancas” , nuestras “jechus”, sean grandes artífices del tráfico de drogas en la Ciudad de México. Y tantos adictos, tantos intereses, tanto dinero, tantas complicidades, que corren de la autoridad al ciudadano común, vuelven casi imposible atacar el problema con eficacia.

El tráfico de drogas conviene al adicto, que resuelve temporalmente su dilema existencial; a la cabeza de familia, que puede dar de comer a sus hijos con el producto de las ventas; al gran capo, que incrementa su fortuna; al “camello” (vendedor), que se da “la gran vida”; al policía, que tiene posibilidad de extorsionar a traficantes y consumidores; a los burócratas que se involucran criminalmente.

Pero volvamos al asunto de la rehabilitación, uno de los más complejos y dolorosos del mundo de las drogas. Esta depende en mucho del grado y tipo de adicción, así como del nivel cultural y poder adquisitivo del adicto. Un alcohólico puro, por ejemplo, difícilmente recurre al internamiento, a menos de que su forma de beber lo haya llevado a perderlo todo o le haya causado un grave daño a la salud. Sin embargo, casos más extremos, sobre todo cuando se trata de drogas fuertes como la cocaína y la heroína, casi siempre recurren al internamiento, el que mejor se adapte a su circunstancias; es decir, a su presupuesto.

 
Una clínica profesional puede echar mano de todos sus recursos profesionales y terapéuticos con el fin de crear conciencia en el adicto sobre la naturaleza y gravedad de su enfermedad. 

 
Dado que el índice de rehabilitación de adictos en espacios inadecuados es siempre muy bajo y la drogadicción, un problema social creciente y sumamente grave, que afecta a las empresas, por el bajo rendimiento de los empleados adictos; a la familia, por la disfuncionalidad del enfermo; y, finalmente, a la sociedad en su conjunto, por la generación de conductas antisociales (asaltos, violaciones y crímenes asociados al consumo de drogas) y la extensión de puntos de venta que ponen en situación de riesgo a los niños y adolescentes; por todo ello, es necesaria la ampliación de centros de rehabilitación, que sirva contención y alternativa de vida al problema que representan las personas con problemas de adicciones.

También es cierto que, en el nombre de la rehabilitación se despoja de derechos fundamentales, de su libertad y dignidad al paciente adicto; se le encierra, se le maltrata, se le golpea y se le humilla de formas inimaginables, rebosantes de enferma originalidad, inconcebibles en cualquier sistema observante de los derechos humanos, contrarias al Estado de Derecho y la razón humana, pero reales, tristemente ciertas en algunos de los famosos “anexos”. Sobre estos, muy pocos cumplen con tres presupuestos necesarios para la rehabilitación: estancia voluntaria, trato digno y servicio gratuito. La mayoría son auténticos calabozos.

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“Cruel” será una excelente palabra para describir la enfermedad de la adicción. Cruel, como la condición que no despierta compasión en nadie; cruel, como el negocio que mata a gente y siembra pavor; cruel, como la corrupción y el silencio cómplice de las autoridades; cruel, como ciertos pseudo-tratamientos de rehabilitación; cruel, como la pérdida de vidas humanas, inteligencias y sueños, idas para siempre en el hoyo miserable de las drogas.

Y, no obstante, se ha arraigado el mito que pretende hacer pasar al narcotráfico y al consumo de drogas como algo admirable, heróico, cosa de triunfadores. Ensalzando el dinero y las drogas, se han escrito infinidad de canciones y libros. Si la decadencia de los valores humanos es una realidad que ya no sorprende ni entristece a nadie, el mundo de las drogas ofrece el sustrato idóneo para continuar el declive. Lo cierto es que cada vez hay mayor cantidad y variedad de drogas; más vendedores y adictos; niños, mujeres y jóvenes dispuestos a todo por una dosis más; mayor oscuridad y confusión, más desamparo.

¿Cuánto falta para que alumbre una política de Estado para la prevención y el tratamiento de las adicciones, que arranque a las personas con problemas de adicción del sinsentido que viven y los lleve a una gran evolución del espíritu, refundando las formas de convivencia, poniendo otra vez la solidaridad y el amor como argamasa el género humano?

ALEJANDRO JUÁREZ ZEPEDA, Director de Comunicación de Oceánica