Testimonio: Superar la depresión es posible

 En Clínica de rehabilitación

La depresión llega a tu vida como un monstruo agazapado en la oscuridad, a la espera de que bajes la guardia para atacarte sin compasión. En cuanto le dejas un resquicio para pasar, se apodera de tu voluntad, controla tu mente, tus sentimientos y, poco a poco, elimina todo rastro de la persona que solías ser. Tus valores, tu sistema de creencias e incluso tu personalidad quedan hechos añicos si se lo permites, así que, a menos que puedas ver por un tragaluz lo que será tu futuro, es imposible vaticinar que necesitarás apoyo de una clínica de rehabilitación, que estarás tan vulnerable y hecho añicos que será necesario recoger lo que resta de la persona que solías ser y volverte a armar con amor y mucha paciencia.

Si estás pasando por un período difícil en tu vida, si acabas de perder a alguien muy querido y no sabes cómo salir del infierno de tus propios pensamientos, quiero que sepas que no eres el único. ¡No estás solo! Como tú, también pensé que solo me había tocado a mí, que una mala estrella se había detenido al borde de mi vida, guiándome hacia un abismo. Nunca me imaginé que estaba lejos de ser una gran víctima, como solía pensar, cuando lo cierto es que la vida está llena de altibajos y, en ocasiones, necesitas pedir ayuda para salir de lo profundo. Cuando nadar hacia la superficie con tus propias fuerzas es absurdo, frustrante y un sinsentido, reconocerlo y ponerte en manos competentes es lo mejor que puedes hacer.

Yo también sé lo que es perder a un ser querido, despedir a alguien a quien amas tanto que su sola existencia te da aliento para respirar, como una parte de ti que, de repente, te han extirpado sin ningún tipo de paliativo. El dolor te supera y, el mundo que antes estaba pintado de colores es como una mala película en blanco y negro. Tus padres no quieren que estés triste y piensan que con reprenderte por llorar todo se soluciona, tu pareja no comprende ese hondo vacío en tu pecho y a tu jefe se le termina la paciencia. Dejarlo pasar y pretender que nada sucede solo genera más dolor, créeme. Si no fuera por el tratamiento para la depresión que me proveyó Oceánica, en este momento estaría hueca como una concha marina, esperando a que suba la marea y me arrastre a donde ella decida.

Días de verano

Cuando era una niña, a mediados de la década del 2000, pensaba que la vida sería como un eterno día de verano. Tenía unos padres maravillosos, que me daban todo lo que una niña puede necesitar. No éramos ricos, pero no nos faltaba nada. Creía en los finales felices de Disney, estaba segura de que los sueños se hacen realidad y confiaba en la gente. Había visto la bondad tantas veces, por estar protegida en un mundo de cristal, que no veía razón para que los males del mundo me afectan. La muerte era una noción distante, algo que alguna vez sucedería, pero solo cuando fuera extremadamente vieja, mientras dormía.

Especialmente, confiaba en mi abuela materna, quien me recibía todas las mañanas para llevarme a la escuela, me bañaba y vestía, me daba de comer, preparaba mi merienda y me buscaba, siempre con una sonrisa llena de amor. Aún hoy pienso que personas como ella nacen cada mil años e incluso habiendo pasado por una clínica de rehabilitación, sigo creyendo que era una en un millón. Mi Tata, el apelativo que le di cuando apenas estaba empezando a balbucear mis primeras palabras, era un ser humano extraordinario, una luz en medio de la oscuridad de un mundo implacable, donde los villanos de opereta son más.

Huellas en la arena que me guían

Ella era clase de persona que iba a misa todas las tardes por convicción, no para darse golpes de pecho o fingir amor a Dios; el tipo de mujer que pasaba su tiempo libre en hospitales y conventos para ayudar a los necesitados, que ponía su mano sobre la frente de un enfermo para orar por él y escuchar sus problemas con dedicación, deseosa de brindar consuelo.

Era mi galleguita querida, llegada desde España en la década de los cuarenta para trabajar honradamente, sin quitarle un peso a nadie, limpiando pisos y lavando ropa para otros, feliz de hacerlo porque le gustaba ganarse su propio sustento. Durante más de cincuenta años trabajó en la conserjería de un edificio, viendo las mismas caras, criando a su hija y cuidando a sus nietas, cuando su noble cabeza comenzó a pintarse de canas… Y siguió limpiando, pasando el trapeador, acarreando botes de basura con sus frágiles huesos y consagrando su vida al servicio de otros, constantemente feliz de ayudar, agradecida con lo que tenía, porque con su humilde trabajo había podido darle estudios universitarios a su hija.

La vida es un instante al sol

¿Por qué necesité apoyo por parte de un centro de rehabilitación? No puedes perder a una persona como ella y solo seguir con tu vida, es así de simple. Además, era la primera vez que tenía contacto con la muerte. Nunca había tenido que enfrentar una enfermedad o el dolor que produce el fallecimiento de alguien tan cercano. A mis 28 años, casada y con un hijo, era novata en esos menesteres y no estaba preparada. Desde luego, mi Tata tenía 84 años y sabía que algún día sucedería, pero el accidente cerebrovascular que tuvo en 2016 y el consecuente desarrollo de la enfermedad de Alzheimer precipitó su muerte sin que yo pudiera poner la vida en pausa, asimilar su condición y entender lo que estaba sucediendo.

Así, después de varios años de luchar y darme cuenta de cómo se deterioraba, de ver sufrir a mi madre, partió de este mundo mi gallega del alma, la mujer de vestidos de flores estampadas, hechos a mano; olor a agua de colonia y comida caliente. La que me enseñó a amar a Dios, me hizo creer, me acompañó en mis aventuras, quien contribuyó con mi crianza. Todavía recuerdo su sonrisa, su olor, sus dulces abrazos, la conexión que teníamos y su manera de decirme «hola, mi reina», cada vez que llegaba de visita a su casa.

¡Tú puedes!

El fallecimiento de mi abuela constituye la crónica de una muerte anunciada, pero, al igual que tú, yo tampoco estaba preparada para ver partir a alguien que fue fundamental en mi vida. Sé lo que es caer en el vacío, sentirse desnudo en la oscuridad, sin comprender lo que sucede o cómo sacar de tu pecho esa honda tristeza que no te permite pensar en nada más. Sin embargo, gracias al apoyo profesional de Oceánica, clínica de rehabilitación, entendí que la vida apenas es un instante al sol y que la partida de una persona amada no significa un adiós para siempre, sino un «hasta luego». Sí, lidiar con la idea de la muerte es duro, pero no estás solo y tampoco tienes que transitar ese duro camino por tu cuenta.

Oceánica está contigo

Eres una persona fuerte y valiosa, con una vida por delante. Te tienes a ti mismo y el apoyo de una clínica de rehabilitación en la que no serás juzgado por tus sentimientos, sino apoyado y valorado. Oceánica sabe que la depresión no es algo de lo que puedas salir solo con decidirlo, ponerte un bonito atuendo por la mañana y tomarte una taza de café. No va a desaparecer escuchando discursos motivacionales o adoptando una buena actitud, sino reconociendo lo que está ocurriendo en tu vida, admitiendo tu vulnerabilidad y permitiendo que la guía profesional, el compromiso y la aptitud de servicio sean tus guías. Completa el formulario de contacto y uno de los terapeutas de Oceánica se comunicará contigo.

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